El fallo positivo anunció
Que el virus que navega en el amor
Aplastando las defensas por tus venas.
Me prohibiste toda pasión
Sin dar ninguna clase de razón
Porque sabías que yo no haría
Caso alguno de la precaución
Este párrafo es parte de la letra de una canción de Mecano, uno de
mis grupos musicales favoritos, que me gustó desde la primera vez que la
escuché, pero que en enero de este año cobró un significado totalmente
inesperado en mi vida.
Por ser este el primer post de los muchos que quiero escribir tendría que aclarar el título de este blog, pero antes quiero poner las
cosas en contexto.
Agosto de 2017
Había estado con un malestar general que al principio tomé como
una fuerte gripe. Recurriendo a los antigripales de siempre a los dos o tres
días no vi ninguna mejoría y empecé a pensar que el malestar se debía a algo
más, influenza tal vez, incluso dengue, ya que tengo el antecedente de haberlo
padecido hace dos años.
Cambié los antigripales por solo paracetamol
pero tres días después el malestar continuaba. Esto ya no me está gustando,
pensé.
Recurrí a un amigo médico y después de
explicarle lo que venia sintiendo en la última semana me recomendó que me
hiciera análisis para salmonella.
Cuando fui por el resultado me sorprendió ver que había salido negativo. Todos
los síntomas (fiebre, diarrea, cólicos abdominales y dolor de cabeza)
coincidían. Que podría ser entonces?
Unos días después sentí un fuerte dolor en el lado
derecho del abdomen. En el transcurso del día ese dolor se fue intensificando
al grado de no poder hacer inspiraciones profundas. Alarmado por esto decidí ir
a consultar al día siguiente.
En el consultorio lo siguiente que hizo el doctor después de las preguntas de rigor para el expediente médico me indicó que me
subiera a la báscula.
- Cuánto pesas? Me preguntó.
Contesté que la última vez que me había pesado
pesaba 71 o 72 kilos.
- Pesas 66, me dijo un poco sorprendido, no lo habías
notado?
De la báscula pasé a la mesa de exploración y ahí,
al momento de tocar la zona del hígado, di un salto.
Sin atreverse a dar ningún diagnostico aún, me pidió
que fuera a otro consultorio en el mismo edificio para un ultrasonido.
Por suerte no había gente así que me pasaron de
inmediato. Con el resultado en mano fui nuevamente con el doctor. Abrió el
sobre con los resultados en donde decía que el hígado estaba inflamado, con
algo de grasa, pero que la vesícula y los conductos biliares estaban normales.
Me pidió que dejara de tomar paracetamol y ordenó
análisis para los reactivos de alguno de los tres tipos de hepatitis, pero al
no presentar amarillamiento ni en la piel ni en los ojos, el pronóstico era
reservado.
Los análisis arrojaron resultados negativos para
los tres tipos de hepatitis conocidos (A, B y C) por lo que el diagnóstico en
ese momento fue que se trataba de una hepatitis atípica y sin más me mandó a
reposar por otros treinta días.
Al final de esos treinta días fui nuevamente a
hacerme análisis de química sanguínea y función hepática. Algunas de las
encimas habían bajado acercándose a los niveles normales pero aun seguían
altos, así que me recetó treinta días más de reposo absoluto.
Después de este segundo periodo de reposo los
análisis arrojaron niveles normales de todas las encimas producidas por el
hígado así que el médico indicó que podía regresar a trabajar.
Los meses siguientes transcurrieron con la
rutina normal hasta el 31 de diciembre.
Ese día en la mañana mi padre recibió una llamada de uno de sus
hermanos avisándole que otro de sus hermanos había fallecido.
Me pidió que lo acompañara, a lo cual accedí y de inmediato me puse a preparar
el viaje (boletos de avión, renta de carro, hotel, etc.) Y ese mismo día
salimos rumbo al sepelio que sería en nuestro pueblo natal.
Todo transcurrió sin novedad, con el estrés y angustia propios de
cuando se va un ser querido y al día siguiente, después de que sepultaron a mi
tío, regresamos a Toluca para dormir ahí y volar de regreso a casa al día
siguiente.
Esa noche noté un cansancio que rayaba en el agotamiento pero lo
atribuí al torrente de emociones que había estado experimentando desde que nos
dieron la triste noticia.
En los días que siguieron, al agotamiento que sentía se agregó
nuevamente un malestar general, aunado a que había notado que la ropa que usaba
todos los días me quedaba grande, Debo haber perdido mas peso, pensé.
Decidí no regresar con el médico que me había estado viendo (es
médico internista) y preguntando por un especialista en hígado me recomendaron
un gastroenterólogo, Dr. Roger Rangel.
Fui a mi primera consulta el martes nueve de enero, 2018
Nuevamente fue pasar por el interrogatorio para abrir el
expediente, exploración física, etc y el Roger (como después llamábamos al doctor mis hermanas y yo) me pidió nuevos análisis
de sangre, de orina, funcionamiento hepático, etc, pero esta vez incluyó uno
nuevo: VIH
No había pensado en esa posibilidad, pero haciendo acopio de todo
mi optimismo me dije que seguramente el resultado sería negativo.
El día que fui al laboratorio por los resultados me di cuenta que algo había
salido mal. Me llamaron a un privado aparte para entregarme el resultado de vih. Mis
peores temores se habían confirmado.
Le llevé los resultados al doctor que al ver el resultado, trató de tranquilizarme diciendo
que esa prueba no era definitiva, por lo que ordenó una prueba confirmatoria,
la Western Blot. Esta prueba, además de cara, tardaría un par de semanas en saber el resultado.
Fueron días de incertidumbre. Iba a trabajar en automático y no
podía sacarme de la cabeza la canción de Mecano. Y cuando finalmente estuvo el
resultado, éste confirmaba lo que había arrojado el primero: positivo para vih.
El Roger me dijo algo que había escuchado en algún reportaje sobre vih: Hoy en día casi nadie se muere de eso. Lo peor que puede pasar es que tenga que estar tomando medicamentos de por vida. En la actualidad vivir con vih es como vivir con diabetes.
Ahora estaba ante mi un gran dilema.
Tendría que decirle a mi familia? Me guardaba el resultado solo para mi? Y que
tal si por algo me tenían que internar en algún hospital y se enteraban por
terceras personas? Después de mucho pensarlo y por sugerencia de mi médico se
lo diría a mi familia. A mis hermanas primero, después a mis padres.
Era jueves y mis papás se habían ido a su jugada de dominó. Estábamos en la cocina mis hermanas, Aida e Irasema, y yo, Sin mas preámbulos les solté la noticia: Ya se lo que tengo... es vih
La reacción de ellas fue como yo había imaginado. Caras de sorpresa, de
incredulidad y finalmente el llanto. No alcanzaban a entender en su totalidad
el alcance se semejante revelación. Una de mis hermanas, después de reponerse
un poco de la sorpresa, me preguntó si pensaba decirle a mis papás. Si bien no
quería darles una noticia como esa, estaba decidido a enterarlos de todo.
Mi otra hermana, Carmen, que vive en otra ciudad, sugirió que mis papás no se enteraran todavía. Yo siempre he sido de la idea de que noticias como estas no se deben de ocultar a la familia, así que se los dije a mis papás de la misma manera y en el mismo lugar que a mis hermanas.
Nuevamente caras de sorpresa, de incredulidad, de dolor, mucho
dolor. Mi madre, con las lágrimas corriendo por sus mejillas solo atinó a preguntar: Cómo?
Es un virus que se contagia por tener relaciones sin protección,
fue mi respuesta.
Mi padre, hombre de pocas palabras, dijo: Bueno, vamos a salir de esto. No vamos a escatimar en gastos ni en lo
que sea necesario para superarlo. Me demostraba así su compromiso
para ayudarme a recuperar la salud. Sus palabras me dieron un alivio
inesperado. Mi médico tenía razón, el apoyo de la familia iba a ser parte
esencial en mi recuperación.
Las semanas siguientes fueron las mas difíciles de toda mi vida,
pero esa parte la voy a dejar para otra post.
Me
quedo con lo que aprendí a fuego a raíz de todo esto: La única forma de superar
un diagnóstico como este es vivir Un día
a la vez!