martes, 11 de septiembre de 2018

La espera


Mi salud seguía deteriorándose a un ritmo alarmántemente rápido.
Perdí el apetito casi por completo, en la madrugada despertaba empapado en sudor porque se me disparaba la temperatura y ni que decir de mi peso; se notaba que iba en picada.
No se que le habrá dicho mi mamá a mi hermana Carmen o que se habrá imaginado pero el caso es que de repente nos anunció que venía a pasar unos días con nosotros, principalmente a estar al pendiente de mi.

Entre tanto yo había iniciado los trámites para atenderme en el seguro.
Por recomendación del gastroenterólogo que  me estaba atendiendo, esa era la mejor (y más económica) manera de llevar esto, así que en febrero continué con el proceso.

La primera vez que fuimos al seguro fue sin cita, así que tuvimos que hacer una antesala de casi cuatro horas. Y digo fuimos porque me acompañó mi hermana Irasema, quien esperó pacientemente a mi lado a que nos recibiera el médico familiar.
Cuando finalmente nos recibió eran pasadas las ocho de la noche.
Después de las preguntas de rigor llegamos a la parte del diagnóstico y su expresión cambió. Sin saber cómo interpretarla mi hermana y yo solo nos miramos. Enseguida hizo algunas anotaciones en mi expediente y dijo que me iba a derivar con el especialista. Imprimió una especie de resumen y nos lo entregó para que sacáramos copias.

Salimos de ahí aliviados por haberlo visto y regresamos a casa.

Al día siguiente, muy temprano nuevamente Irasema pasó por mi y fuimos a la cita que nos habían programado en el área de infectología, donde una doctora me hizo preguntas acerca de mi estado de salud, estilo de vida, hábitos, vicios y demás. Ya nos habían dicho que el IMSS lleva un registro detallado de los pacientes con vih, así que no nos extrañó. El siguiente paso era la consulta con la especialista encargada de infectología. Nos pidieron nuestros números de celular y quedaron en comunicarse a los dos o tres días para confirmar la fecha de la próxima cita.

Pasó casi una semana y no había noticias. Así que mi hermana fue a preguntar.
Resultó que la encargada de infectología estaba de vacaciones pero que su suplente nos iba a recibir dentro de quince días. No quedaba mas que esperar.

Mientras tanto yo me sentía cada vez más mas enfermo. Ya no podía subir ni bajar escaleras sin agitarme por lo que todo lo hacía en el segundo piso de la casa.

Febrero 15, 2018
Así estaba cuando llegó Carmen.
Su llegada fue como un amanecer después de una noche de tormenta. Al verme rompió en llanto (así de mal me veía) y me dio una brazo largo y apretado. Inmediatamente se ofreció a acompañarme en todo momento, sobre todo en los trámites y consultas en el seguro, que por el alto costo de los medicamentos para tratar el vih era la única opción viable, pero lo que me asombró desde el principio fue dedicación. Lo primero que hizo fue ordenar los medicamentos por horarios (que en esos días eran un montón) y los horarios de mis comidas. Su día arrancaba a las 7 de la mañana, trayéndome un yogurt y un vaso de jugo, Una y media o dos horas después aparecía con algo para desayunar, que casi siempre era fruta (era lo único que aceptaba mi estómago).
Para la comida se esmeraba en variar las cremas de verduras agregándoles nueces y otros frutos secos. A media tarde me preparaba un licuado con alguna fruta y proteína. Por la noche, como cena, solo aceptaba pan tostado con mermelada y una taza de avena o leche.

Mi mamá hacía un esfuerzo y subía a estar conmigo un rato en la tarde/noche y mi papá subía a despedirse todas las mañanas antes de irse al trabajo.

Me habían dado cita con la especialista para el 21 de marzo.
La fecha se convirtió en algo irreal, lejano. Sentía que no iba a llegar a ver ese día. Las noches eran un tormento. Tenía pesadillas y seguía despertando en la madrugada empapado en sudor. Una noche tuve que cambiarme la camiseta dos veces.
El episodio más traumático, por llamarlo de alguna manera, fue la noche que sentí que las fuerzas me abandonaban. Literalmente sentía que me iba a morir. Todos se alarmaron y en su desesperación mi hermana dio con un médico infectólogo que tiene su consultorio muy cerca de mi casa. No consultaba a domicilio pero accedió a consultar por teléfono. Para nivelar la presión recomendó agua mineral con limón y sal.
Poco a poco me fui sintiendo mejor. Al ver la preocupación en la cara de Carmen quise quitarle algo de drama a la situación:

- Oye, como voy a saber que se siente morirse si nunca me he muerto?
Los dos soltamos la carcajada. La crisis había pasado.

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