jueves, 27 de septiembre de 2018

La luz al final del tunel

Finalmente llegó el día de la cita con la especialista. Me parecía increíble que ya hubiera pasado un mes. La vida se veía diferente. Por ejemplo, había dejado de importarme lo que le pasara con mi casa o con mis cosas. Ya no pensaba en tener ropa nueva o un nuevo celular. Despertaba cada día agradecido por seguir respirando y por tener cerca a mi familia.

La especialista no me recibió ese día y los resultados de los análisis de carga viral y cd4 aún no habían llegado. Falta que no pueda iniciar el tratamiento todavía… pensé.
El doctor que me atendió revisó con cuidado mi expediente: la diarrea no había regresado, la anemia había disminuido, no había rastros ni de tuberculosis ni de neumonía. Vas muy bien, me dijo, y enseguida dijo lo que yo tanto había estado esperando: aunque aún no llegan los resultados vamos a empezar con tu tratamiento, dos pastillas diarias (Truvada y Efavirenz) de preferencia por la noche y siempre a la misma hora.
Me volvió el alma al cuerpo! Que alegría sentí ese día. Veía la luz al final del túnel. Apreté la mano de mi hermana, emocionado. Tenía ganas de brincar.

Llegamos a casa, y entre lágrimas y abrazos les di la noticia a mi mamá y a mi hermana. Más tarde, cuando llegó mi papá, también le di la buena nueva. Él, serio como siempre, solo me dijo: muy bien, felicidades.

Sentí ganas de abrazarlo y lo hice. Había cumplido lo que había dicho cuando les di la noticia de mi diagnóstico, no había escatimado en gastos, pero lo más importante había mostrado su preocupación porque seguía subiendo a mi cuarto a darme los buenos días y a despedirse antes de irse a trabajar.

El día de mi cumpleaños hice un esfuerzo y bajé a comer con el resto de la familia. Carmen se había ido, pero como relevo había llegado Aida. Era semana santa y mi cuñado y mi sobrina vinieron a pasar esos días con nosotros también.

Mi peso había tocado fondo. Así lo decidí. Si seguía bajando perdería la batalla. Dos días después de mi cumpleaños la báscula registró 52.7 kilos. Había perdido poco más de 13 kilos desde que el doctor me pesó en agosto de 2017.

Pero tenía fe. Los cuidados de mi familia me hacían mucho bien.
Una semana después había subido 1 kilo y medio y empezaba a recuperar el ánimo y mi sentido del humor.
Ya podía bajar a comer. Tenía que poner doble cojín en la silla pero me alegraba poder hacerlo. Veía la alegría reflejada en la cara de mi madre.
Si bien iba mejorando, aún me cansaba de subir y bajar escaleras y el baño seguía siendo casi casi un martirio. Aún no me atrevía a verme en el espejo.
Mis redes sociales seguían en stand by… ya habría tiempo de retomarlas.

Había recuperado peso. Un mes después haber iniciado el tratamiento con los antiretrovirales ya pesaba poco mas de 56 kilos. Me sentía con ánimo de ir retomando mis asuntos.
Lo primero que hice fue comprar un teléfono nuevo. Y ya con todas las aplicaciones instaladas me dispuse a ponerme al corriente.

Me extrañó un poco ver que tenía un mensaje en Messenger de una de mis sobrinas. Lo había enviado 2 días después de mi cumpleaños. Debe ser una felicitación, pensé.

Pero, oh sorpresa! Era todo lo contrario. Lo transcribo aquí porque me descolocó.

Espero que cuando decidas dejar todo el rencor, coraje e ideas tontas.. te des cuenta que tu salud mejorará. No pretendo querer acercarme o volverte a hablar porque estoy bien con las 4 personas que me importan, pero es tu salud y tu sabes qué tanta importancia le das

Mi primera reacción fue de coraje. Quería contestarle. Que se había creído? Las manos me temblaban, el corazón se había acelerado. Pero de repente pensé: No, no puedes contestar una agresión con otra. Cálmate. Poco a poco me fui calmando. Pensé entonces en contestarle, pedirle que me aclarara porqué había escrito eso. Pero finalmente decidí no hacer nada.

Cuando lo comenté con mi mamá, lo primero que dijo es que no lo había escrito mi sobrina ó si es que ella lo había escrito, seguramente no era para mi.

Lo comenté con mis hermanas. Las tres se sorprendieron al leerlo pero tampoco entendían el porqué.
Así que bueno, si yo no era importante para ella, ella no lo sería para mi. Tampoco iba a rogarle que regresara. Decidí no saber mas de ella. Estaba ocupándome de mi.

Mi hermana Aida se había quedado con nosotros un par de semanas más y cada vez yo necesitaba menos sus cuidados. Si quería agua bajaba a la cocina por una botella, lo mismo si entre comidas tenía antojo de algo de comer y me apliqué para seguir tomando mis medicamentos y suplementos a tiempo. 


El sueño se fue regularizando. Si acaso despertaba una vez en la madrugada para ir al baño pero enseguida me volvía a dormir. Lo que si noté fue un cambio en la forma de los sueños; eran mucho mas vívidos, tanto que despertaba y me costaba distinguir si lo había soñado o en realidad había pasado. El doctor me había dicho que eso pasaría, es un efecto secundario del Efavirenz.

Mi hermana Carmen seguía al pendiente de mí. Llamaba por teléfono todos los días y a veces esas llamadas duraban mas de una hora. Me hacía bien hablar con ella. Le contaba cosas que no le podía contar a mis otras hermanas o a mi mamá.
Aún así, empecé a pensar en buscar algún grupo de apoyo. Quería saber cómo otras personas llevaban su vida después del diagnóstico.
No lo comenté con nadie, pero empezó una nueva búsqueda.

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