domingo, 16 de diciembre de 2018

Arturo

Esa noche me sentía atractivo.

Con 19 años y habiendo vivido casi 5 años fuera de casa, finalmente me había dado valor para conocer la vida nocturna que tantas veces me había tentado.

Eran los últimos días del verano. Lo había pasado trabajado en el departamento contable de la empresa donde trabajaba mi padre, una empresa minera que estaba a 5 horas de la ciudad donde yo estudiaba. Como no necesitaba el dinero había solicitado que el pago me lo hicieran al finalizar el mini contrato de dos meses, así que cuando regresé a la ciudad tenía mi sueldo intacto.
Recuerdo que lo primero que compré con ese sueldo fue una camisa que me gustaba mucho. Era de algodón a rayas azules muy finas y manga larga.

Al día siguiente de haber regresado, Marcelo, mi mejor amigo desde la preparatoria, me puso al tanto de lo que había pasado en esos dos meses de ausencia. Lo más importante era que había averiguado sobre un bar gay de moda que abría los miércoles y donde todo aquel que estuviera "en la onda" tenía que estar.

Se llamaba Stain & Toklas, pero era más conocido por el nombre de su dueño: Cristelo's. Estaba en una zona céntrica, en el segundo piso de un edificio que de día pasaba totalmente desapercibido.

Así que estaba decidido: el siguiente miércoles ahí estaríamos.
Marcelo pasó por mi puntual y llegamos temprano al bar; había poca gente. Aunque hacia un calor sofocante había decidido estrenar mi camisa nueva. Insisto... esa noche me sentía atractivo.

La música invitaba a bailar y a pesar del nerviosismo de estar ahí por primera vez decidimos subir a la pista para bailar. De a poco se fue llenando el lugar. Ahí estaban todos. Parecía que nadie tenía que ir a la escuela o a trabajar al día siguiente porque pasada la media noche no cabía un alfiler mas en el antro.

En un momento dado, ya con la euforia de la gente, el alcohol y la música, nos acercamos a la barra para tomar algo. Pedimos dos copas de vino y nos quedamos ahí observando y comentando del lugar y de la gente.

No se cuanto tiempo había pasado pero no había reparado en el chico de amplia sonrisa que me miraba desde detrás de su copa. Le presté más atención y en eso levantó su copa en señal de brindis que acompaño con un guiño.

Esa noche, además de atractivo, también me sentí halagado, así que contesté el brindis.

Esa era la señal que él esperaba porque inmediatamente se acercó, y se presentó con un alegre "Hola, me llamo Arturo, me encantó tu sonrisa!" El tenía 20 años, la sonrisa de un niño y la actitud de un hombre jovial.

Ni siquiera recuerdo cuanto estuvimos charlando. El tiempo se había tornado lento, como suspendido, en parte por el vino, en parte por el encanto de Arturo.

Marcelo me dejó hacer, aunque lo noté un poco celoso. Después de todo habíamos llegado juntos y habíamos acordado regresar juntos también.

Pero Arturo me había cautivado. Estaba por recibirse de dentista y tenia una sonrisa de comercial de pasta dental, piel blanca y cabello negro ondulado. Manos grandes (siempre me han llamado la atención las manos), pero sobre todo un tono de voz varonil que acariciaba.
Faltaba un par de horas para que la noche terminara pero ya habíamos decidido terminarla juntos.

Así empezó mi primera relación y duró 8 meses.
Por las tardes, cuando salía de la universidad, me iba directamente a su casa.
En el tiempo que estuvimos juntos compartimos salidas, cenas, días de campo, fiestas, cine y algunos viajes cortos. Arturo fue, además de mi pareja, una especie de instructor que me enseñó lo necesario para moverme más libremente en el ambiente gay.

Dicen que el primer amor nunca se olvida y en mi caso fue así.
Siempre lo recuerdo con cariño, porque aunque la relación duró poco, la vivimos con intensidad, con esa ansiedad adolescente que nos hace apurar el elixir de la vida porque no sabemos cuánto puede durar.

Arturo... te mando un beso grande donde quiera que estés.

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