sábado, 13 de octubre de 2018

Volar

Siempre lo diré, irse es de valientes.

Vivir lejos de casa no es para todos.
Debes tener un corazón grande, lo suficientemente grande como para empacar todo lo que dejas:
Alegrías y dolores, amigos y amores. 
Este equipaje cardíaco late incluso cuando tocas un suelo que no te pertenece o cuando estás acostado en un colchón que no tiene tu forma y una almohada incómoda, y miras al techo preguntándote a dónde vas.


Amigos que no son tuyos, una ciudad que no es tuya.
Debes tener un corazón grande, tan grande para hacer cosas nuevas.
Un corazón que a veces teme que otros se hayan olvidado, porque el presente ha tomado el control de sus vidas.
Un gran corazón, pero no demasiado fuerte.
Entonces ahí es donde se detiene.
Está bajo arresto, te confunde y no sabe quién eres.
Así que te acuestas en el colchón que ahora ha sufrido un poco tu peso, y la almohada es más suave por un lado y te preguntas quién te estás haciendo más que a dónde vas.
Porque cuando te vas, más que moverte hacia un destino, vas hacia el destino tuyo.

Estamos hechos de otra pasta, quien no lo vive no puede entenderlo.


Yo lo viví cuando deje todo y me fui a Argentina persiguiendo un sueño. Pero esa historia merece un capítulo aparte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario