Yo la vi en Monterrey y esa vez fui al cine con mi amigo Guillermo. Estuve todo el tiempo con un nudo en la garganta, no me atrevía ni siquiera a voltear a ver a nadie.
Salimos del cine, me despedí de Guillermo y me subí a mi carro. En ese momento me derrumbé. Lloré como pocas veces lo he hecho.
Se me vino un torrente de recuerdos de hacía tres años, de cuando tuve mi primer encuentro real con el vih. Desde que se había desatado la pandemia a principio de los ochentas el vih había sido como algo irreal, algo que le pasaba a otras personas,
A principio de los noventas se presentó en la persona de mi amigo Jorge
Cuando lo conocí él tenía 15 años y yo 23.
Mis padres habían entrado a un movimiento
de la iglesia para matrimonios y se reunían cada semana en una casa diferente.
Jorge era hijo del matrimonio que dirigía el grupo y el menor de 5 hermanos.
Nos hicimos amigos prácticamente desde el primer día. A pesar de la diferencia de edad, en poco tiempo éramos
confidentes y cómplices en todo. Cuando decidí irme de mi casa para vivir con mi pareja de entonces, despedirme de él fue también un capítulo doloroso.
Varios meses después, recibo en mi trabajo una llamada de él.
Me contó que había decidido estudiar biología marina y para eso se
había inscrito en una universidad en Baja California Sur. Apenas un mes después de haber
iniciado las clases había caído enfermo, y después de varios días hospitalizado
y sin dar con la causa de la enfermedad, los médicos decidieron trasladarlo a
la Ciudad de México, con su familia.
- Bueno, entonces parece que la cosa es seria. Ya te dijeron que
te pasa?
- Si, finalmente, después de un montón de estudios me acaban de
dar el diagnóstico.
- Ya no me tengas en suspenso... que te dijeron los médicos?
Sentí que dudaba al otro lado del teléfono. Y finalmente me lo
dijo:
- Tengo sida.
La palabra me golpeó primero en el oído, después en la cabeza y
finalmente en el corazón
.
- No es cierto, ya dime la verdad.
- Esa es la verdad. Soy seropositivo.
- Jorge, con esas cosas no se juega!
- Ya lo sé. Quisiera que fuera un juego, pero es la verdad.
No podía creerlo. Jorge apenas tenía 18 años.
Solamente había tenido sexo con un chavo que había conocido cuando
llegó a la universidad. Pero eso ya no importaba. El había sido durante los
últimos 3 años mi mejor amigo, mi confidente, y ahora, justo ahora, venía a
enterarme que estaba enfermo y que probablemente pronto moriría.
Las lágrimas corrían lentamente por mis mejillas.
No podía evitarlo. Porqué a él, porqué ahora?
Quedé petrificado, en estado de shock por varios minutos.
Cuando se lo conté a Sergio, mi pareja, tampoco lo podía creer.
Al día siguiente, decidí llamarlo.
- Jorge, solo quiero decirte que estoy acá para lo que necesites.
Lo que sea.
- Gracias, pero no te quiero comprometer. Todos mis amigos me
están cerrando la puerta en la cara. Y los entiendo.
- Es que no tiene que ser así. Una amistad no se termina por una
enfermedad.
- Gracias, espero que no cambies de opinión con el tiempo.
Meses después, cuando Sergio y yo terminamos y me quedé solo, le llamé para contarle y Jorge lloró conmigo. Decidió que era hora de
que me visitara. Era la primera vez que nos íbamos a ver desde que nos
despedimos, hacía casi un año.
No tenía duda de cómo sería mi reacción al verlo. Estaba seguro
que para mí nada había cambiado entre nosotros. Y así fue.
Durante la semana que duró su visita, volvimos a compartir horas
interminables de charla con café y cigarrillos, nos reímos al recordar anécdotas,
salimos a bailar y le mostré mi ciudad. Y hablamos del tema, por supuesto que
hablamos. No vi en él ningún signo de que estuviera enfermo, se veía un poco mas delgado, pero nada mas. Durante esa visita el virus nos dejó ser.
Años después, durante un viaje por trabajo a la Ciudad de México, le llamé y quedamos de ir
a cenar, pero justo antes de salir de su casa tuvo un contratiempo y me llamó
para disculparse.
Esa noche cené solo y como al día siguiente regresaba a Monterrey,
decidí ir a un bar a tomar algo.
Fue cuando conocí a Carlos. Pero esa es otra historia.
Hace años que no sé de Jorge.
La última vez que nos vimos estaba radiante. Salía con un chavo que había conocido en las sesiones de terapia grupal a las que ambos asistían y en el último análisis de sangre no habían aparecido huellas del virus.
No habló de una curación, simplemente lo tomaba así... no había señales del virus... por ahora.

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